El traslado del Cristo desde Granada

Por José Antonio Llebrés Motos, Secretario 1º

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En la primera quincena de marzo de 1945 fueron a Granada a traer el Cristo. Iban varios miembros de la Junta Directiva entre ellos D. José López Gay. Él mismo nos contó un pequeño incidente que tuvieron en el camino. El traslado se hizo en la caja de una pequeña camioneta, (eso es lo que había), y los que lo traían iban apretujados en la cabina del vehículo.

Antes de llegar a Guadix una  pareja de a pie de la Guardia Civil apostada en la carretera, (Guardia Civil caminera, como dijo García Lorca el poeta), les da el alto.

─ A ver que llevan ahí detrás ─dijo uno de los guardias.

─ A Nuestro Padre Jesús de la Oración en el Huerto de los Olivos ─dijo uno de los integrantes con voz fuerte y muy solemne intentando impresionar a los guardias.

─ ¿De los olivos?, ¿qué olivos? ─dijo uno de los guardias.

─ ¿Con que olivos?, ¿dónde está el aceite?, ¡A ver dónde está!, –dijo el otro guardia.

Tenemos que ponernos en aquel contexto de la postguerra donde, unos para sobrevivir y otros para especular, hacían estraperlo de productos escasos de primera necesidad muy especialmente el aceite, a fin de venderlo en el mercado negro sin control y sin impuestos y saltándose el suministro ordinario para las cartillas de racionamiento. Esta práctica estuvo muy perseguida con incautación y multa, a pesar de lo cual debido a la necesidad fue casi imposible de erradicar.

─ Venga todo el mundo abajo y abrir eso ─dijeron los guardias─ al ver la cara de cachondeo de los jóvenes. Al ser sospechosos ya cambiaron el tratamiento de usted inicial por el tuteo propio del trato a los delincuentes.

Intentaron explicar que se trataba de una imagen de Cristo para una cofradía de Almería, pero los guardias se habían quedado bloqueados al oír la palabra “olivos” y ya solo pensaban en ver el aceite.

La imagen iba envuelta en un colchón, (de lana, que es lo que había), rodeándola para que hiciera de efecto amortiguador y otro bajo la peana, a su vez todo atado con cuerdas y sobre ellas una lona y más cuerdas con las que se fijaban a unos ganchos de la caja de la camioneta.

Desenvolvieron todo y se vio lo que había.

─ Bueno, ya podían ustedes haberlo dicho antes ─dijo uno de los guardias con mucho cabreo a la vez que volvía a hablarles de usted.

─ Pues si lo estamos diciendo ─dijeron.

─ Ale, arreglen eso y pueden irse…