Lo que no conocemos del paso de palio de la Esperanza

por José Ramón Suárez Ortiz

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Si el título te ha parecido pretencioso, no te digo ya el artículo: si ya es difícil explicar lo que conocemos, imagina lo que no. Además, vaya por delante que no tengo ni idea de cómo llegar hasta el final. Mi propuesta es que se acuda directamente a las fuentes y que cada cual ordene la información como el entendimiento le permita. Si no, la otra opción es quedarse aquí y conformarse con el orden que me ha permitido a mí el mío ¿Con ello vamos a conocer lo que no conocemos del primer palio que salió en Almería? No lo sé. Lo que vamos es a intentarlo, eso sí.

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La Semana Santa que nosotros conocemos, en sus formas, es un invento a caballo entre finales del siglo XIX y principios del XX (más XX que XIX). En ese momento, Rodríguez Ojeda revoluciona lo que hay de manera que sigue habiendo prácticamente lo mismo, pero casi nada ya fue igual a partir de entonces. Que es como son efectivas las revoluciones, no nos engañemos: cuando cambia todo para que nada cambie. Y el palio como concepto formal fue una de esas cosas que venían de antiguo, que ahora lo vemos en fotos y nos gusta por su exotismo pasado y esa inocencia piadosa que tenía cuando el arte era el medio y la religiosidad el fin. No seré yo el que diga que eso ha cambiado, pero sí que lo parece. Pero, bueno, que lo que nos ocupa aquí es el palio como concepto; el paso de palio como entidad no sólo a montar (primero) y a admirar (después) sino también, por qué no, a estudiar.

¿Los orígenes? Pues vete tú a saber. En su forma actual hay quien se agarra al primer documento gráfico de su utilización que es un antiguo grabado del Silencio de Sevilla (1611). Otros al historiador Bermejo que dice que en 1610 la Soledad de San Lorenzo «estaba costeando el bordado del palio». Otros se van más atrás aún. Y hacen bien. Porque ese concepto de palio que ahora tenemos más o menos asimilado nace, ya digo, hace poco más de un siglo, que es cuando se ajusta a los gustos de entonces ese otro concepto de palio que, como vemos, se puede situar en los inicios del siglo XVII. O dicho de otro modo: los pasos se transforman, como concepto, en lo que son ahora entre los siglos XVI y XVII, y se amoldan a nuestro gusto entre el XIX y el XX. Y pasa en Sevilla porque allí pasaba todo lo importante en esa época. Pero tampoco pasa en Sevilla de manera única y unívoca. Claro, esto a lo mejor es difícil de ver. Primero, porque soy yo el que lo está contando, que lo explico de aquella manera. Pero también es complicado porque no ocurre ni de manera lineal en el tiempo ni de manera única y, sobre todo, unívoca en un sitio.

En su aspecto formal, imaginemos la Semana Santa como lo que es, un enorme cubo (saco, caja o bolsa) llena de cosas en el que cada lugar mete la mano, saca y, si le convence usa y si no le convence vuelve a meter y sigue buscando. De esta manera, aunque todas las semanas santas tienen prácticamente lo mismo, todas son diferentes si las cosas que vas encontrando las vas poniendo a tu criterio. Y sólo cuando buscas lo mismo que otro puso antes que tú y lo pones donde ése lo puso, se parecen. Por eso la Semana Santa de Antequera tiene palios y no se parece a nadie y la de Almería tiene palios también y se parece a la de Sevilla. A la de Sevilla, a la de Córdoba, a la de Huelva, a la de Jerez y a la de tantos sitios que se quieren parecer tanto a Sevilla que al final (casi) todas nos terminamos pareciendo entre nosotros. Será la globalización.

En ese contexto (pasa en todos los ámbitos de la vida: hay quien marca tendencia, hay quien sigue los dictados de la moda y hay quien ni lo uno ni lo otro y va a su bola) no vamos a pretender reescribir la historia ni a inventárnosla, así que no vamos a decir que el paso de palio nació en Almería. Pero tampoco vamos a seguir dándole la espalda, desconocerla deliberadamente y dar por hecho cosas que no son. Así que tampoco vamos a decir que el paso de palio llegó tarde a Almería. Lo que tenemos que hacer es coger la historia, mirarla del derecho y del revés, cogerla por una pierna como en los tebeos cuando quieren desplumar a alguien, sacudirla a ver qué cae, ponerla bien otra vez y, en definitiva, conocerla para que, con ella, cada cual pueda sacar sus propias conclusiones ¿Llegó pronto el paso de palio a Almería, llegó tarde o llegó cuando tenía que llegar?

No sé cuál es el método ideal para contar una historia. Me debatía entre empezar desde lo más parecido al inicio de la misma o desde el final, y al final he optado por eso. Cuando la historia la empiezas por el principio, me da la sensación de que o eres muy bueno contándola o aburres a la gente. Porque para llegar a hablarles de lo que saben tienes que empezar haciéndolo de algo que muy posiblemente no, y –más posiblemente aún–, no les interese lo más mínimo. En cambio, si empiezas por el final, partimos de que interesarles el viaje no sé si les interesará, pero al menos saben de dónde se parte. De un territorio que les es común, familiar: en este caso el paso de palio de la Virgen de la Esperanza. Además, para qué nos vamos a engañar, los que somos torpes en esto de explicar nos agarramos a ese salvavidas que es explicar mejor los porqués que los paraqués. Por eso creo que para entender por qué el palio de los Estudiantes es como es y tiene la importancia que tiene, debemos ir desandando el camino que termina en la Catedral de Almería, pero empieza en Persia.

El palio se concibió para lo que estás pensando: para proteger de las inclemencias del tiempo a personas u objetos sagrados. Tiene su origen en la monarquía persa de vete tú a saber cuándo, y de allí pasa a Bizancio y a la liturgia ortodoxa, y de ahí al ritual romano y al protocolo imperial, donde los egos fueron adaptando aquella liturgia para que también uno, y no sólo el Santísimo, pudiera estar ahí debajo. Porque salvo Rocío Jurado, los más grandes han ido siempre bajo palio: los reyes, los papas, los emperadores… Es el «fenómeno de sacralización de la persona real o Christomimesis, en tanto que objeto ligado a la figura del monarca que hacía perceptible su condición real y sagrada, y era utilizado en las ceremonias o en los diversos dispositivos de representación». Como cuando Alfonso XI entró en Sevilla o como recibimos en Almería a Yusuf I en 1347: bajo palio. Como iba Carlos V por Bolonia o entraba Franco al Valle de los Caídos. Igual. Esto lo cuenta Álvaro Fernández de Córdova Miralles en Los símbolos del poder real.

Cortejo de Carlos V y Clemente VII (Robert Péril, 1530)

Pero más interesante aún es lo que dice Juan Félix Luque de Gálvez en su estudio sobre los pasos antequeranos ¿Por qué los antequeranos? Porque en este tema, la Semana Santa de Antequera tiene tanto que decir como la de Sevilla. Así de claro. Sobre todo si de palios se trata, porque aunque para el resto el palio sea cosa de dolorosas y custodias, como en una especie de corriente de opinión, para Antequera el palio es cosa también de Cristos. Pero esa es otra rama por la que no conviene andarnos ahora. Regresando a ‘nuestro’ concepto de palio (entrecomillado ese nuestro como sinónimo de actual) la cosa ha cambiado. Ahora ves una Virgen sin palio y te choca, porque no es lo habitual. Y es curioso, porque antes lo que te chocaba era lo contrario: verla bajo palio. Pero no sólo aquí. El abad Gordillo protestaba en el siglo XVII contra esta práctica cada vez más extendida, pues entendía que el palio se debía reservar para el Santísimo… Así funciona todo en la vida. Pasa con el humor como pasa con el primero al que se le ocurrió plantarle un palio a una imagen. Uno llega, ensancha los límites (de lo que sea) y al principio se le critica y se le amarga en vida, y luego cuando se muere se acepta lo que dijo, se asume y hasta se presume.

¿Qué por qué un palio a una imagen? El Santísimo se colocaba debajo de un ciborio (un ciborio es un baldaquino. Lo que pasa es que hasta el románico se le llamaba así y desde el Renacimiento, asao, pero es lo mismo). Baldaquino, por cierto, que es un italianismo (baldachino) proveniente de Baldac o algo parecido, que es deformación frecuente en la Edad Media de la ciudad de Bagdad. Pues eso, que como al principio el Santísimo se colocaba debajo de un baldaquino, ¿por qué una imagen no? Pues también.

Breve alto en el camino. Antiguamente, de los baldaquinos pendían cortinas que impedían la contemplación del altar y lo que allí se celebraba. El alto está justificado un poquito con alfileres, pero justificado al fin y al cabo, porque esto de ocultar de la vista del pueblo la celebración del culto (entonces) con cortinas derivó en el iconostasio de las iglesias de Oriente. Puntos suspensivos, pausa valorativa, emoción contenida y remate del alto: iconostasio como el que se puede contemplar ahora en la antigua capilla de la Sagrada Familia de la calle Reyes Católicos.

Regresando a lo que estábamos, ¿por qué le daría a alguien por ponerle un palio a una Virgen? Imagino que esa sería la consecuencia lógica de poner primero una Virgen debajo de un palio. No sé si me explico. En ese momento en el que Santísimo e imagen pasan a ser conceptos si no similares sí al menos similares, alguien debió decir: igual que exponemos al Santísimo en un tabernáculo o templete, ¿por qué no también las imágenes que lo representan? Y así fue como empezamos a sacar imágenes en un templete y bajo palio.

Procesión de la Virgen de San Lorenzo, Valladolid. Matías de Velasco (inicios del s. XVII)

Al principio los palios eran algo que portaba la gente, como aún vemos en el Corpus, lo que pasa es que en un momento determinado y en una zona determinada pasó a estar integrado en el propio paso. Parece ser que (y por tal lo vamos a tomar hasta que un día aparezca otro documento que diga otra cosa) la primera fue la hermandad de Montesión en 1592. Luego le seguirían otras como el Silencio, que es la primera prueba gráfica que se conoce. Pero repito, alguien no decide así, de repente, ponerle un palio a un paso. Yo creo, porque así lo leo, que más bien la idea original fue meter un paso debajo de un palio, y lo siguiente ya fue integrarlos en un mismo conjunto.

Así que imagino que alguna mente preclara llegó a la conclusión: inventemos algo que haga por los dos. Y así fue cómo el palio se incorporó a las andas. Pero tampoco en todos los sitios. Ni a la vez.

Como eso de que Andalucía sólo hay una es un eslogan de la Junta, pero como poco hay dos, pues en esto de los pasos ‘de palio’, como poco, también hay dos. Todo esto lo cuento aquí por resumir, pero el que lo explica bien es Luque de Gálvez en su estudio sobre los pasos antequeranos. De verdad. Si te gusta el tema, merece una lectura. Pero si no, tranquilidad, ya extracto yo aquí lo que interesa y te ahorro la visita si no tienes tiempo.

Durante el barroco las ciudades casi que se dividen en dos: aquellas con un enorme aparato escénico para celebrar la Semana Santa, y aquellas «en las que se continuaría haciendo uso de soluciones más simples, en muchos casos casi rayanas en la provisionalidad, hasta prácticamente el siglo XX. Así parece haber acontecido en casi toda la Andalucía oriental, incluyendo las dos principales ciudades del vecino Reino de Granada, la propia capital y Málaga, donde apenas se desarrollaron las primitivas parihuelas, manteniendo sus reducidas dimensiones, añadiendo si acaso sobre el tablero o tarima elementos del propio altar como peanas o candeleros, pero sin llegar a constatarse hasta el siglo XX un concepto unitario de paso procesional, como complejo artístico expresamente diseñado para dar culto externo a una imagen sagrada, es decir, como un verdadero ‘altar itinerante’ con una concepción retablística y un programa iconográfico concreto».

El Gran Poder firmó con Ruíz Gijón en 1688 la hechura del paso que aún hoy nos sigue maravillando. Más de tres siglos. Como los que tiene el que terminó para el Amor y que empezó un discípulo de Juan de Mesa en 1671. Aquí, en cambio, como leemos en los documentos antiguos, mientras en Sevilla o Antequera se hacían pasos que aún hoy nos siguen asombrando y maravillando, nosotros sacábamos andas sencillas para llevar por cuatro u ocho personas. Comprobamos, por tanto, que Luque de Gálvez no se inventa su análisis ni la descripción.

Siguiendo con él, «cabe citar en el caso de Granada que hasta el siglo XX las imágenes solían ser portadas, cuando no se hacía uso de ruedas, en unas andas bastante recogidas, en muchos casos poco más que parihuelas, cargadas por horquilleros cuyo número rara vez superaba la docena, asociándose los palios fijos más bien a las representaciones letíficas, o puntualmente a alguna dolorosa en el s. XVIII. Es el caso del dosel que puede apreciarse en un antiguo grabado de la Virgen de las Angustias, aunque no se sabe a ciencia cierta si éste realmente llegó a usarse en Semana Santa. De cualquier modo, se trataría de palios de reducidas dimensiones casi siempre con tan solo cuatro varales. A lo que parece el dosel incorporado a las andas no prosperó en tierras granadinas frente a la tradición de los palios de mano o “de respeto”, por mor del reducido tamaño de los pasos y el arraigo de los “cuerpos de palieros”, cuya venta de puestos dotaba de vitales ingresos a las cofradías, centrándose los esfuerzos económicos de las mismas en enriquecer los ajuares de las imágenes o los materiales de sus austeras andas. Por otra parte, también es cierto que los propios granadinos aparentemente no consideraban muy ajustados a su idiosincrasia los ejercicios de ostentación que se daban en otros lugares». Federico García Lorca sin ir más lejos.

Lorca, que era capillita a su manera y llegó incluso a salir de nazareno, en su Impresiones y Paisajes, libro de 1918, dice que «el que quiera sentir junto al aliento exterior del toro ese dulce tictac de la sangre en los labios, vaya al tumulto barroco de la universal Sevilla». Como ahora. Pero añade: «el que quiera estar en una tertulia de fantasmas y hallar quizá una vieja sortija maravillosa por los paseíllos de su corazón, vaya a la interior, a la oculta Granada. Desde luego, se encontrará el viajero con la agradable sorpresa de que en Granada no hay Semana Santa. La Semana Santa no va con el carácter cristiano y antiespectacular del granadino. Cuando yo era niño, salía algunas veces el Santo Entierro; algunas veces, porque los ricos granadinos no siempre querían dar su dinero para este desfile. Estos últimos años, con un afán exclusivamente comercial. hicieron procesiones que no iban con la seriedad, la poesía de la vieja Semana de mi niñez». ¡Pero si está hablando de nosotros!

Eso Granada. Regresando a Luque de Gálvez –al que no me canso de remitir al que le interese el tema–, dice de Málaga que «incluso los palios fijos aparentemente resultan ajenos a los modos procesionistas malagueños hasta el mismo siglo XX, ya que no se constata por la historiografía el primer ‘trono de palio’ hasta comienzos de la pasada centuria. Se trataría del confeccionado para la Virgen de la Esperanza en el año 1900, aún bastante rudimentario, sin bordar, tan sólo adornado con flocadura y tachonado de estrellas de orfebrería, probable material de reaprovechamiento. Al parecer la ‘innovación’ causó gran asombro en la ciudad, que no llegaba a identificar lo que la prensa denomina ‘lujoso dosel’ con el concepto que tradicionalmente se tenía allí de un palio –el de respeto–, por lo que incluso la cofradía, tras ese pionero trono con palio incorporado, en un primer momento seguiría disponiendo el tradicional, aunque en este caso redundante, palio de mano». Quien lo conserva es las Angustias de Granada.

Por eso, cuando aquí en los años 20 le quisimos poner un palio a la Soledad (algo que, por cierto, estamos deseando que lo cuente más y mejor Baltasar González en su inminente libro) o cuando en 1942 Guillermo Langle diseñó uno para la Virgen del Mar, no estábamos llegando tarde a nada. Simplemente lo estábamos haciendo como cuando llega una ola a la orilla: de manera natural. Y, por supuesto, cuando lo hace. Ni antes ni después. Parece mentira que siendo ciudad de mar no lo sepamos. Las olas no llegan ni cuando quiere uno ni dejan de hacerlo porque a uno le venga mal ¿Que el trayecto duró varios siglos? Los que necesitara para llegar esa oleada que había empezado lejos y fue avanzando como a base de convencimiento y emulación. Llegaba la tendencia, gustaba (convencía) y el de al lado copiaba (emulaba). Sevilla, Antequera, Málaga, Granada y Almería. Y así es como llegamos a 1946. El resto, ya lo sabemos. Nos lo sabemos casi de memoria. Y si no, aquí:

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