Crónica de la celebración del 75º aniversario de la bendición de Mª Stma. del Amor y la Esperanza

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El sábado 17 de abril, a las 10 de la mañana, la Esperanza abrió la Puerta de los Perdones de la Catedral. Ese fue el día elegido por la Hermandad para conmemorar con todo el que quisiera acercarse hasta Ella, el 75º aniversario de su bendición, que tuvo lugar el 13 de abril de 1946.

Para esta ocasión, el equipo de Priostía y Mayordomía buscaron potenciar la sencillez y crearon una disposición acorde con la estética que la imagen ha presentado estos días, y a través de la cual se recreaba el aspecto que mostró la Esperanza el día de su bendición.

Elevada sobre sus peanas de salida y de capilla, la Virgen se encontraba situada en el trascoro, cuyo magnífico retablo de mármol le servía de fondo, apareciendo cobijada por un gran arco, obra de la Floristeria Gracia y La Penca, elaborado con una gran variedad de flores: alstroemeria dubai Fancy, cristantemo maisy, gerbera mini Alix-noor, fosa avalanche sorbet, rosa pink athena, rosa spray creamy twister, esparraguera oro, cyrtonium bluestar, fotinia volcano, lentisco y bayas rojas de viburno.

Desde las 10 de la mañana y hasta las 7 de la tarde en que finalizó esta solemne veneración, los Perdones permaneció abierta de forma ininterrumpida, aunque quienes acudieron a venerarla entre las 11 y las 13:30 tuvieron que conformarse con hacerlo desde el cancel, ya que la celebración de confirmaciones había agotado el aforo del templo. Una vez finalizada la administración del sacramento, pudo accederse nuevamente al interior.

Durante todas estas horas la Virgen recibió continuas visitas de hermanos y devotos que realizaron sus ofrendas de flores o, sencillamente, quisieron estar más cerca de Ella durante unos minutos. Desde primera hora de la mañana contamos con la visita del Presidente de la Agrupación de Cofradías, así como con las oraciones del Deán y canónigos del Cabildo de la Catedral y también del Sr. Obispo D. Adolfo González Montes. También nos visitaron hermanos de distintas hermandades, destacando las ofrendas de la Hermandad de la Macarena y del Coro Oración y Esperanza.

A las 19:00h se dio por finalizada la veneración, cerrándose el acceso por la Puerta de los Perdones. A partir de ese momento, hermanos y devotos, así como hermanos de otras corporaciones que quisieron acompañarnos -Entierro, Silencio, Pasión, Rosario del Mar y Rocío- accedieron al interior a través de la puerta principal de la Catedral para participar en la solemne eucaristía con la que se cerró esta semana de aniversario de la bendición.

Con el trascoro completamente lleno, a las 19:30h se inició la misa presidida por nuestro consiliario, Ilmo. Sr. Dr. D. Juan Torrecillas, siendo concelebrada y predicada por el Rvdo. P. D. Eduardo Fernández-Moscoso Solano (SM). Para darle mayor solemnidad se contó con la actuación de la soprano María Cruz Calvo, acompañada al órgano por Santiago Carrión.

En la acción de gracias, el Hermano Mayor tomó la palabra para elevar a Ntra. Sra., en nombre de todos los Estudiantes, una oración compuesta por D. Eduardo:

“María Santísima del Amor y la Esperanza,
Ruega por los que con confianza acudimos a ti.

En ti buscamos amparo los que nos sentimos solos.
En ti buscamos consuelo los que estamos afligidos.
En ti buscamos abrigo los que tenemos nuestras almas desnudas.
En ti buscamos dulzura los que vivimos momentos amargos.
En ti buscamos protección los que hemos caído.
En ti buscamos apoyo los que fuimos golpeados.
En ti buscamos ayuda los que estamos agobiados por nuestras carencias.
En ti buscamos esperanza los que estamos llenos de miserias.
En ti buscamos luz los que estamos rodeados de tinieblas.
En ti buscamos generosidad los que estamos hundidos en nuestro egoísmo.
En ti buscamos sencillez los que nos amparamos en nuestras dudas.
En ti buscamos perdón los que nos hemos equivocado.
En ti buscamos la Estrella que nos guíe quienes caminamos en la noche.
En ti todos buscamos Amor.
En ti todos encontramos Amor.
En ti, Madre, todos buscamos Esperanza.

María del Amor y la Esperanza, en ti confiamos.
Madre del Amor y la Esperanza, te necesitamos.
No nos dejes de tu mano.
Ayúdanos a encontrarnos con tu Hijo Resucitado.

¡Madre de bondad, sé nuestra salvación!”

Con el canto de la Salve Regina y la ofrenda que hizo n.h. María del Mar Cantón García de su capa de novia, elemento que ha pasado a formar parte del ajuar de Ntra. Sra. del Amor y la Esperanza, se dio por finalizada la ceremonia.

Homilía de la celebración (domingo 3º de Pascua)

En esta Buena Noticia hay un “antes” y un “después”.

El “antes” presenta a unos discípulos “cegados”: tienen todos los datos, pero no saben leerlos.
“Tristes”: la Cruz ha sido el final de un amigo y un líder.
“Desesperanzados”: esperaban -ya no- un mesías triunfante y nacionalista.
“Huidizos”: huyen de la comunidad y se refugian en su pueblo.
Pero encuentran al Resucitado, lo reconocen y lo confiesan. Y ahí comienza el “después”.

Los ojos se les “abren”.
El corazón les “arde”.
La esperanza “renace”.
Los huidizos se vuelven a reunir para compartir comunitariamente la alegría de que Él vive.

Con estos caminantes podemos identificarnos fácilmente. Con sus cegueras, tristezas y desesperanzas. Pero esta situación puede ser únicamente un “antes”. Porque el Resucitado nos sale al encuentro y, si le reconocemos, tendremos, como los de Emaús, un “después”.

Porque ese encuentro con el Resucitado, si nos dejamos encontrar, nos transforma y nos cambia. Nos hace comprender el sentido que tiene un Mesías sufriente en el plan de Dios: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto”. Hace arder nuestro corazón, cuando nos abre a su Palabra y nos dice que la Cruz es el lugar donde se manifiesta su amor hasta el límite. Nos devuelve la esperanza. Y nos reintegra a la comunidad para comunicarnos la alegría del encuentro.

Se ha señalado con razón que los relatos pascuales nos describen con frecuencia el encuentro del Resucitado con los suyos en el marco tan humano, y tan divino, de una comida.

Los discípulos de Emaús, aquellos caminantes cansados que acogen al compañero desconocido de viaje, y se sientan juntos a cenar, descubren al resucitado “al partir el pan”. Y corren a comunicarlo a la comunidad.

Sin duda, la Eucaristía es el lugar privilegiado para que los que creemos en Jesús abramos “los ojos de la fe”, y nos encontremos con el Señor resucitado que alimenta y fortalece nuestras vidas con su mismo cuerpo y sangre.

Los cristianos hemos olvidado con frecuencia que solo a partir de la Resurrección podemos captar en toda su hondura el verdadero misterio de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía.

Es el Resucitado el que se hace presente en medio de nosotros, ofreciéndose como pan de vida. Y la comunión no es sino la anticipación en el sacramento de nuestro encuentro definitivo con el Señor resucitado.

El valor y la fuerza de la Eucaristía nos viene del Resucitado  que continúa ofreciéndonos su vida, entregada ya por nosotros en la Cruz.

De ahí que la eucaristía debiera ser para nosotros principio de vida e impulso para un estilo nuevo de resucitados. Y si no es así, deberemos preguntarnos si no estamos traicionándola con nuestra mediocridad de vida cristiana.

Las comunidades cristianas debemos hacer un esfuerzo serio para revitalizar la eucaristía dominical. No se puede vivir plenamente la adhesión al Resucitado, sin reunirnos el día del Señor a CELEBRAR la Eucaristía, unidos a toda la comunidad creyente. Un creyente no puede vivir sin el domingo. Una comunidad no puede crecer sin alimentarse de la Cena del Señor.

Necesitamos comulgar con Cristo resucitado, pues estamos todavía lejos de identificarnos con su estilo nuevo de vida. Y desde Cristo, necesitamos realizar la comunión entre nosotros, pues estamos demasiado aislados, divididos y enfrentados unos a otros.

No se trata solo de cuidar nuestra participación viva en la Eucaristía, negando luego con nuestra vida lo que celebramos en el sacramento. “Partir el pan” no es solo una celebración de culto, sino un estilo de vivir compartiendo, en solidaridad con tantos necesitados de justicia, defensa, libertad y amor. No podemos olvidar que “comulgamos” con Jesucristo cuando nos solidarizamos con los más pequeños de los suyos. Cuando hacemos nuestro el dolor de tantos enfermos, de tantos solitarios a la fuerza, de tantos pobres sin esperanza, de tantas familias desgarradas, de tantas injusticias.

La Cena del Señor nos ayudará así eficazmente a renovarnos por dentro con la presencia del Jesús vivo, y hacia fuera con tantos hermanos y hermanas necesitados de la Cena: la Cena de la solidaridad, de la justicia y del Amor. La cena del Pan y el pescaíto frito.

Si no es así, nuestras eucaristías son, sencillamente, una farsa.

Eduardo Fernández-Moscoso